La actividad minera suele discutirse a partir de sus efectos sobre el agua, el suelo o el paisaje, pero existe otro impacto menos visible: la calidad del aire. Las operaciones de extracción, trituración, carga y transporte de roca pueden generar material particulado que queda suspendido en la atmósfera, especialmente en explotaciones a cielo abierto. La OPS reconoce que las actividades mineras pueden ser una fuente de partículas inhalables, entre ellas PM10, mientras que las PM2,5 tienen especial relevancia por su capacidad de penetrar profundamente en el organismo.
Uno de los principales desafíos es que la contaminación atmosférica no siempre resulta visible. Las partículas más grandes pueden depositarse rápidamente, pero las fracciones más pequeñas pueden permanecer suspendidas y desplazarse con el viento. La OMS advierte que las partículas PM2,5 y PM10 pueden ingresar profundamente en los pulmones y que las PM2,5 incluso pueden alcanzar el torrente sanguíneo.
En una explotación minera, el polvo puede generarse durante distintas etapas del proceso. La perforación, las voladuras, la excavación, la trituración y el movimiento de materiales son algunas de las operaciones capaces de producir partículas. A esto se suma el tránsito de maquinaria pesada por caminos sin pavimentar, que puede volver a levantar polvo depositado sobre las superficies. Estudios sobre atmósferas mineras identifican precisamente estas actividades como fuentes relevantes de material particulado.
Pero el problema no se reduce al polvo mineral. Los vehículos, camiones y equipos que utilizan combustibles también generan emisiones atmosféricas. La combustión puede liberar contaminantes como material particulado, óxidos de nitrógeno y monóxido de carbono. En determinados procesos industriales asociados al tratamiento de minerales pueden aparecer además emisiones de dióxido de azufre, particularmente cuando se procesan minerales que contienen azufre.
El problema no termina cuando el polvo deja de verse
El impacto depende de múltiples factores: qué mineral se explota, cómo se procesa, qué tecnología se utiliza, la intensidad de las operaciones, la meteorología y la distancia hasta las poblaciones. Por eso, no resulta correcto afirmar que toda actividad minera genera el mismo nivel de contaminación atmosférica. La discusión ambiental necesita mediciones concretas y sostenidas en el tiempo para determinar qué ocurre en cada proyecto.
Ese punto abre una cuestión central para las comunidades cercanas a proyectos mineros: ¿cómo se controla aquello que no siempre se puede ver? Medir partículas en determinados momentos no necesariamente permite conocer toda la exposición de una población. Los sistemas de monitoreo, la ubicación de las estaciones, la frecuencia de las mediciones y la publicación de los resultados son elementos fundamentales para evaluar la calidad del aire.
La preocupación no es menor. La OMS considera a la contaminación atmosférica uno de los principales riesgos ambientales para la salud y señala que la exposición a material particulado está asociada con enfermedades respiratorias y cardiovasculares, entre otros efectos. Esto no significa que una determinada operación minera sea automáticamente responsable de una enfermedad: para establecer una relación causal hacen falta estudios epidemiológicos y ambientales específicos.
En provincias con actividad minera, como Catamarca, el debate debería incorporar esta dimensión con mayor profundidad. La discusión no debería reducirse a “minería sí” o “minería no”, sino avanzar hacia preguntas verificables: cuánto material particulado se genera, qué sustancias contiene, dónde se mide, quién controla los registros, qué límites se aplican y qué sucede cuando los valores superan los parámetros establecidos.
El verdadero desafío, entonces, no consiste solamente en reducir el polvo visible, sino en garantizar un sistema de prevención, monitoreo y acceso público a la información que permita saber qué respiran trabajadores y comunidades cercanas. Porque cuando se habla de los costos ambientales de la minería, el aire tiene una particularidad: es invisible, se mueve con el viento y, una vez contaminado, no reconoce los límites del área donde comenzó la actividad.