Javier Galán es un personaje bastante incómodo para la política tradicional de Catamarca. No tiene detrás una maquinaria electoral comparable con la del oficialismo, ni un ejército de operadores que le organice cada aparición pública. Tampoco se le conoce una estructura profesional de comunicación. Buena parte de su actividad política pasa por él mismo, su teléfono y una manera directa de hablar que lo distingue de tantos dirigentes acostumbrados a los discursos preparados.
En las elecciones de 2025 consiguió cerca de 17.000 votos y una banca provincial. Para febrero de este año ya reunía más de 180.000 seguidores entre Facebook, Instagram y TikTok. Son números considerables para alguien que llegó a la política sin recorrer el camino habitual de los grandes partidos. Galán entendió algo que muchos dirigentes todavía no comprenden: la gente quiere escuchar a una persona, no necesariamente a un aparato de propaganda.
En septiembre llegó una encuesta que aportó otro dato a su crecimiento político. Un relevamiento atribuido a Zuban Córdoba y Asociados le asignó un 43% de imagen positiva y apenas un 22,1% de negativa. El gobernador Raúl Jalil apareció con un 40,3% de valoración positiva y un 58,9% de negativa. Galán obtuvo así una imagen favorable superior a la del propio mandatario provincial, sin disponer de los recursos ni de la estructura política del oficialismo.
Javier Galán es un tipo honesto y la gente lo percibe así. Habla sin demasiados filtros, se muestra como es y no parece preocupado por satisfacer los manuales de la corrección política. Puede equivocarse, puede exagerar y seguramente tendrá defectos, pero transmite una franqueza que buena parte de sus seguidores valora. No necesita aparentar que habla como un estadista ni recurrir a un jefe de prensa para transformar cada comentario en una declaración solemne.
Mientras crecía su exposición, comenzaron a acumularse las denuncias judiciales. Galán enfrenta acusaciones por presunto abuso sexual, amenazas, exacciones ilegales y peculado de servicios. Él sostiene que son denuncias falsas y que detrás existe una persecución política. Los expedientes se multiplicaron precisamente cuando su figura comenzaba a ganar protagonismo y a despertar interés entre distintos sectores de la oposición catamarqueña.
Los expedientes judiciales y las acusaciones de persecución
El 14 de septiembre, la Cámara de Apelaciones dejó sin efecto dos pedidos de desafuero, relacionados con amenazas y exacciones ilegales, aunque mantuvo el correspondiente a presunto peculado de servicios. Fue una resolución favorable en parte a la defensa, que Galán utilizó para cuestionar las acusaciones. La decisión significó un revés para dos de los tres pedidos de desafuero que habían llegado a esa instancia.
No es solamente Galán quien habla de persecución. Mariano Manzi, dirigente de la Coalición Cívica, describió su situación como un “mega carpetazo” y sostuvo que los pedidos de desafuero podrían utilizarse para condicionarlo políticamente. Manzi vinculó las denuncias con la recepción que tuvo el diputado en la sociedad y con sus conversaciones para construir un frente opositor.
El 2 de noviembre, Galán dio otro paso judicial. Su abogado, José Leonardo Berber, presentó un recurso extraordinario para intentar que la Corte Suprema de Justicia de la Nación revise la controversia por los plazos de investigación. La Cámara había declarado inconstitucional, para su caso, una disposición procesal que fija un límite de dos meses. La defensa cuestiona que esa declaración se hubiera realizado de oficio y sin permitir previamente el debate de las partes.
Galán sigue publicando sus videos, recorriendo barrios y comunicándose directamente con quienes lo siguen. Lo hace sin el respaldo de una gran organización partidaria, sin una maquinaria publicitaria millonaria y sin el aparato que otros dirigentes necesitan para sostener su presencia pública. Su principal capital es la confianza que ha conseguido despertar. Y mientras las causas judiciales continúan su recorrido, Javier Galán sigue creciendo en la consideración de quienes ven en él una manera diferente de hacer política.










