“La efectivización de los sueldos se realizará a primera hora de la jornada, razón por la cual el servicio de transporte público brindado por la mencionada firma se prestará con total normalidad”, anunció la UTA Seccional Catamarca la noche del martes, tras destrabar los fondos para pagar los haberes adeudados a los trabajadores de la empresa El Nene S.R.L. La medida descomprimió un conflicto que mantenía en vilo a miles de pasajeros en la capital provincial y devolvió la prestación a su cauce habitual desde el primer minuto del miércoles.
El pago canceló la deuda salarial que el sindicato venía reclamando y alejó, al menos por este mes, el fantasma de una interrupción total de los recorridos. No es un dato menor: la compañía opera las líneas que conectan buena parte del área metropolitana de Catamarca y cualquier falla deja sin alternativa a los sectores más dependientes del colectivo. “Desde la conducción del gremio destacaron las gestiones sindicales realizadas para arribar a esta solución y reafirmaron el compromiso de continuar trabajando mediante el diálogo para la defensa de los derechos laborales, resguardando a los trabajadores y garantizando la continuidad de la prestación para la comunidad”, señaló el comunicado oficial.
El alivio, sin embargo, expone una fragilidad que no es nueva. Días atrás, la propia UTA había suspendido un paro a la espera de una reunión convocada por el Gobierno, lo que ya anticipaba que los sueldos corrían riesgo de atrasarse y que el servicio entraba en zona de turbulencia. Cada fin de mes, la misma escena vuelve a tensar la cuerda entre los choferes, la empresa y el Estado provincial en Catamarca, con los usuarios como rehenes silenciosos de una negociación que casi siempre se resuelve sobre la hora.
Una cadena de alertas
A la inestabilidad salarial se suma una señal técnica que encendió alarmas: el área de Transporte advirtió que varias unidades de El Nene no están en condiciones de circular. La convivencia de pagos demorados y coches deteriorados pinta un cuadro de creciente precariedad en la prestación del servicio público en Catamarca. Lo que empezó y terminó —por ahora— como un capítulo de conciliación forzada deja la sensación de un sistema que funciona con lo justo, emparchado cada vez que aparece un nuevo vencimiento.
El destrabe financiero de esta semana respondió, otra vez, a gestiones sindicales y no a una solución de fondo que garantice el flujo regular de los haberes. Con el sueldo depositado, los choferes retomaron sus puestos y los catamarqueños pudieron subir al colectivo sin sobresaltos. ¿Alcanza ese desenlace para dar vuelta la página o solo posterga la próxima crisis? La estructura que sostiene el servicio —una empresa con flota cuestionada, un gremio que debe salir cada mes a garantizar los derechos básicos de sus afiliados y un Estado que media cuando el conflicto ya explotó— no se modificó.
La normalidad de esta jornada es, por el momento, un espejismo de estabilidad en Catamarca. Que el transporte público dependa de que alguien destrabe fondos a último momento revela la delgada línea que separa la rutina de la parálisis. El comunicado sindical cerró con una promesa de diálogo, pero la pregunta que deja este episodio no es cuánto duró la calma, sino cuánto falta para la próxima amenaza de interrupción.